La marca del desarrollo integral

Con el apoyo del INTA, 16 comunidades de altura que habitan el valle salteño crearon la organización territorial CUM. Una apuesta al trabajo asociativo para mejorar la calidad de vida de la familia rural y agregar valor a materias primas locales.

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Se logró abastecer a las primeras comunidades con agua para consumo humano

Durante siglos, a más de 200 kilómetros al sudoeste de la capital salteña, el departamento de Molinos con su relieve montañoso, la aridez, las casas de adobe y los pisos de tierra, mostró una paleta de escaso color. Sin embargo, desde hace 10 años, el paisaje cambió: bajo un objetivo en común, sus pobladores se organizaron para producir más y vivir mejor.
Comenzaron con el agua, un bien preciado y escaso que hacía más de 200 años se encontraba en manos privadas. Además de conseguir agua potable, los agricultores familiares de varias comunidades de Molinos concretaron obras de riego para sus cultivos y algunos hasta desarrollaron riego por goteo o sistemas de aspersión.
“¡Ahí viene el agua!”, grita Brisa Belasquez, una nena que vive en el paraje Tomuco, mientras la observa corriendo por el canal. “Todos los cominos ya están saliendo. Es lindo ver todo verde y no como antes que no había nada y estaba todo seco. Ahora hay verduras, los álamos y las plantas ya están grandes”, señala.
Con 26 acueductos, 98 sistemas de riego por goteo y un canal de riego revestido de 4.500 metros, se logró abastecer a las primeras comunidades con agua para consumo humano y para la producción, a partir de ahí se empezó a involucrar en el trabajo a casi 16 comunidades.
“Cuando se concretó la obra de acceso al agua se desmitificó la idea de que no se podía hacer nada, así se empezó a trabajar y comenzaron las demás comunidades a buscar al INTA”, dijo a la Revista RIA la jefa de la agencia de extensión del organismo en Seclantás, Paula Olaizola.
El departamento de Molinos tiene una población de 5.565 habitantes. El 75 por ciento se encuentra distribuida en parajes rurales y el 25 restante habita en los pueblos de Brealito y Seclantás.
En el 2002, cuando el INTA comenzó a trabajar en ese territorio, la cantidad de hogares con necesidades básicas insatisfechas superaba el 48,4 por ciento. En ese escenario, surgió la ONG Red Valles de Altura y, cuatro años más tarde, la organización territorial Comunidades Unidas de Molinos (CUM) para mejorar la calidad de vida de los pobladores, comenzar a agregar valor en origen a la producción y generar alternativas de comercialización.
Para la médica veterinaria del INTA Seclantás, Eloisa Ferro, los cambios originados a partir de la organización se evidencian en “una mayor superficie cultivada con producciones diversificadas, mejoras en el hábitat, incorporación de energía alternativa y reciclaje de las aguas grises (aguas con jabón) para regar los frutales”.
La CUM surge como una estrategia para visibilizar al sector campesino y alcanzar metas para el desarrollo social y productivo de las 16 comunidades que forman parte de la organización.
Según explica Olaizola, el trabajo de la CUM parte de un enfoque territorial y de sistema que no aborda los problemas por cadena productiva. “A partir del 2006 comenzamos a entender que éramos una red de comunidades con problemáticas de alcance regional. Eso marcó que el trabajo siempre fuera a través de los vínculos y la identificación de problemas transversales en la red”.
El productor familiar del paraje Tomuco, Santos Belasquez, cuenta que cuando había agua en el valle muchas personas vivían ahí pero luego de siete años de sequías sólo permanecieron seis familias. “Cuando trajeron el agua para consumo y se repartió en las casas, comenzaron a volver las familias o los hijos de los que quedaban. A partir de ahí entendimos que hay que trabajar en conjunto y tener más fuerzas, unidos para empezar a pelear desde la CUM”, reflexiona.

Comunidades de base ganadera
En el departamento de Molinos hay más de 350 familias que se dedican a la agricultura en pequeñas parcelas con cultivos característicos de la zona andina como el maíz, la papa, el poroto y la alfalfa. Además, el 90 por ciento cuenta con tropas mixtas de ovejas y cabras que en promedio rondan las 60 cabezas por familia y complementan su capital de reserva con un promedio de 30 cabezas de ganado vacuno.
Según Ferro, “el ganado es la cuenta del banco y el capital de reserva del campesino. Es lo que permite garantizar el autoabastecimiento de la fuente de proteína necesaria para la familia y generar algún excedente para comercializar”.
En un principio, la situación no era favorable para los productores, ya que la raza criolla tenía índices productivos bajos y había una fuerte incidencia de enfermedades ocasionadas por nematodos gastrointestinales o pulmonares y parasitosis externas.
Sin embargo, la asistencia técnica del INTA posibilitó la conformación de 14 botiquines sanitarios, la construcción de sistemas de mangas, básculas y corrales que cubrieron el 50 por ciento de los animales de cada comunidad para mejorar los índices de producción del sistema ganadero.
Nucleados bajo la cooperativa Bresec, 24 productores del partido de Molinos se asociaron para generar alternativas locales de comercialización más justa de sus producciones.
A partir de ese momento, y como muestra de la necesidad y del verdadero convencimiento, los productores contribuyeron con el 80 por ciento del capital requerido para construir su propio matadero.
Además, aportaron el terreno y la mano de obra para construir una playa de faena habilitada que garantice condiciones bromatológicas óptimas para el consumo local de carnes.
Sin antecedentes ni experiencias similares en la provincia, el matadero permitió mejorar las condiciones de venta y la comercialización justa sin intermediarios. “Significó poder valorizar la producción, fijar los costos involucrados y que el productor pueda pensar en la actividad familiar con una mínima planificación”, expresa Ferro.
En la actualidad, se gestionaron subsidios y créditos para la construcción de una cámara de frío y la adecuación del establecimiento que permita la recategorización del matadero como regional para abastecer mercados cercanos como los puntos turísticos de Cachi, Cafayate y la capital salteña.

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16 comunidades de altura que habitan el valle salteño crearon la organización territorial CUM

Agregar valor en el valle salteño
En el 2013, la cooperativa Bresec logró financiar la apertura de la carnicería “La Solidaria” como boca de expendio de la producción derivada del matadero local para llegar al consumidor de forma directa y sin intermediarios que se apropien de la renta. “Se generó una especie de control social local de los precios de mercado porque las otras carnicerías tuvieron que adecuarlos y bajarlos”, detalla Ferro.
Al mismo tiempo, tanto en la ganadería como en la agricultura, la CUM produce en forma agroecológica y busca consolidar la marca bajo el sistema de garantía participativa para certificar la venta de cabritos, quínoa y otros cultivos bajo ese sello de calidad.
El espíritu comunitario prevalece en cada paso que dan, participan en cada feria local y regional como marca y no como productores individuales, ya que cuentan con un dispositivo de acopio, control de calidad y un referente por comunidad que vende la producción del resto.
La marca CUM ofrece alimentos, ropa y artesanías de alta calidad que les permite extender la comercialización y llegar a mercados más allá de los límites del departamento de Molinos.
En el caso de la producción textil, la primera colección de indumentaria de la CUM se enfoca en el poncho salteño, una prenda con diseño innovador orientado a los usos urbanos para llevar las artesanías clásicas a consumidores de moda étnica, una tendencia mundial que se consolidó en los últimos años.
De acuerdo con la diseñadora, Marcela Duhalde, “estaba todo dado para trabajar con estas comunidades porque son grandes artesanos y, sobre todo, por la base de organización que permite hacer un trabajo así. Si lo hubiéramos hecho artesano por artesano, no hubiéramos llegado nunca a una marca colectiva”.
En esa línea, explica que la incorporación del diseño “marca un antes y un después”, ya que es un salto cualitativo que convierte un producto típico en uno de diseño que triplica su valor económico y en donde “lo artesanal es un plus, un valor agregado que motiva el consumo responsable”.
Autocalificadas como “artesanas poderosas”, las mujeres de la CUM valorizan su producción a partir de las apreciaciones del público consumidor. Según Olaizola, el hecho de que tengan tantas valoraciones positivas hace que “sientan que están trabajando en algo verdaderamente importante”, lo que motiva la búsqueda de espacios de venta propios de la Marca en el Mercado Artesanal de la ciudad de Salta.

Más de una década de esfuerzo comunitario
Al principio, cuando todavía no se evidenciaban los cambios producidos por el trabajo comunitario en el territorio, eran más los deseos que los logros obtenidos. Por ese entonces, el productor de la comunidad del Churcal, Don Blas López, pensaba que “tener una vivienda, agua potable o luz mejoraría el valle y, a partir de eso, quizás, la juventud pensará: Yo me quedo aquí porque tengo todo para poder trabajar”.
Acompañados por los municipios de esas localidades (entre otros organismos y programas de financiamiento), el INTA y la ONG Red Valles de Altura, la CUM comenzó a trabajar y unir esfuerzos para transformar su realidad.
En la actualidad, el fortalecimiento de la organización permite que la CUM cuente con herramientas propias que puedan administrar y prescindir del acompañamiento de los técnicos. Asimismo, uno de los últimos logros obtenidos fue la instalación de una radio comunitaria que permitirá sortear el aislamiento de los parajes de la zona para garantizar una vinculación y una mejor organización. (Ver recuadro: La voz del Valle Calchaquí).
Para Belasquez, el trabajo conjunto fue la base de los resultados alcanzados debido a que “podemos conseguir más cosas que antes se nos hacían muy difícil. Y aunque todavía falta sabemos que es importante trabajar y unirse porque si no estamos unidos no conseguimos nada”.
Las comunidades andinas tienen formas organizativas previas con una impronta propia: la minga, la marcada, las fiestas patronales o los clubes de fútbol. De acuerdo con la jefa del INTA Seclantás, el trabajo de los técnicos se apoyó en esa organización y el objetivo fue fortalecer los vínculos existentes para impulsar todo el proceso.
“Nosotros nacimos sin apoyo del Estado, estamos acostumbrados a atarlo con alambre y poner el esfuerzo propio. Recién a partir del 2004 empezamos a recibir apoyo de los distintos Ministerios”, señala Olaizola, al tiempo que destaca el trabajo conjunto impulsado por la identificación de las necesidades más sentidas y la solidez de los logros obtenidos.
“Esto se generó desde abajo hacia arriba, con todo lo ganado y por este ejercicio de la autogestión y la organización por eso me parece muy difícil que se pueda derrumbar”, concluye Olaizola.
Fruto del impulso y del trabajo de las Comunidades Unidas de Molinos, ese paisaje montañoso, que por años parecía un lienzo blanco, hoy se pinta multicolor como signo de mayor producción, más viviendas y organización.

Más información: Paula Olaizola, Eloisa Ferro

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