La soja y los bosques nativos (por E. Viglizzo)

La agricultura argentina en general –y la pampeana en particular– se ha expandido en los últimos 20 años dentro de una matriz tecnológica moderna enmarcada por cultivos transgénicos, siembra directa, mayor uso de fertilizantes y plaguicidas y, en menor medida, por prácticas asociadas a la agricultura de precisión (Satorre, 2005; Viglizzo et al. 2010).
El cultivo de soja ha liderado la incorporación de tecnología a través de la expansión de variedades transgénicas (resistentes al herbicida Glifosato) y del consumo exponencial de este herbicida. El impacto se manifestó rápidamente en un aumento de la superficie cultivada, los rendimientos del cultivo y la rentabilidad de los planteos productivos (Martínez-Ghersa y Ghersa, 2005; Trigo, 2005). Pero esta transformación disparó otros cambios también importantes relacionados con la ecología y el ambiente (Pincén et al., 2010). El planteo dominante se manifestó en pocos cultivos de alta productividad y alta homogeneidad genética, que a la par de maximizar la producción y la rentabilidad, simplificaron el manejo y el uso del tiempo, pero al costo de concentrar mayor riesgo climático, económico y biológico (plagas y enfermedades), pérdida de materia orgánica, y sobre-extracción de algunos macro- y micro-nutrientes (Casas, 2001). En respuesta a estos problemas surgió la siembra directa y otras formas de labranza reducida, mientras que para compensar la extracción de nutrientes y la expansión de las plagas, aumentó la fertilización y el uso de plaguicidas.
En los últimos años, la expansión de la soja ha sido motivo de intensos debates. Como cultivo dominante de las últimas décadas, la soja ha sido igualmente santificada como demonizada por distintos sectores. Para algunos, es el cultivo que ha permitido el despegue de la economía argentina debido a su alta productividad y rentabilidad y a su impacto positivo sobre los excedentes de nuestra balanza comercial. Resaltan la plasticidad del cultivo, la simplicidad de su manejo y el alto retorno financiero de su modelo tecnológico basado, como señalamos, en un esquema simple integrado por la siembra directa, variedades transgénicas y Glifosato. Para otros, la soja es el cultivo que ha disparado una rápida deforestación de los bosques nativos en el noroeste del país, concentrado la riqueza en grandes corporaciones comerciales, destruido empleos rurales, expulsado comunidades indígenas, y afectado a la ecología y el ambiente.
Hay un hecho innegable. A raíz de la expansión de la agricultura y la ganadería sobre las tierras naturales, la superficie de bosques naturales sufrió una reducción significativa entre la década de 1950 y la primera del siglo XXI. Extrapolando datos de Gasparri et al. (2008) y de la Secretaria de Ambiente y Desarrollo Sustentable (2004), durante los períodos 1956-60, 1986-90 y 2001-05 los valores estimados de ocupación (expresados en km2) serían, respectivamente, i) 22.870, 16.940 y 13.812 para la Selva Paranaense o Bosque Atlántico en la eco-región Noreste, ii) 275.000, 242.000 y 206.200 para la eco-región del Chaco, y iii) 49.910, 49.720 y 35.850 para la Selva de Yungas. Respecto a la superficie que ocupaban a mediados de la década de 1950, en la actualidad persistirían aproximadamente, en forma respectiva, 60 %, 75 % y 72 % de esos biomas boscosos. La bibliografía indica que la deforestación del bosque nativo conduce a pérdidas de carbono orgánico en biomasa y suelo (Viglizzo et al., 2010), las cuales incrementan las emisiones de gases invernadero (Gasparri et al., 2008) y deterioran en el largo plazo los sumideros naturales de este elemento (Carreño et al., 2010). Otras investigaciones indican que la deforestación es una de las principales fuentes de emisión de gases de efecto invernadero de la Argentina. Utilizando datos de imágenes satelitales del noroeste argentino (Volante et al., comunicación personal), y datos de la expansión del cultivo de soja estimada provistos por la Secretaría de Agricultura, Ganadería, Pesca y alimentos (2004), Pincén et al. (2010) encontraron un alto grado de asociación (R2 = 0,92) entre el área cultivada de soja y la deforestación de bosque nativo. Esa asociación tan elevada no pudo ser demostrada en las restantes regiones forestales del país.
Otros efectos indeseables (no bien evaluados todavía) del avance de la agricultura y la ganadería sobre los bosques nativos es la pérdida de servicios ecosistémicos. En un trabajo reciente, Carreño y Viglizzo (2010) demostraron que el Bosque Atlántico, el Chaco Subhúmedo Occidental (Chaco Salteño o Umbral al Chaco), y la región de las Yungas parecen haber sido los biomas más afectados por la pérdida de servicios ecosistémicos. El Bosque Atlántico (muy poco intervenido por el cultivo de soja), por ejemplo, es el bioma que al proveer mayor cantidad relativa de servicios (como la regulación y purificación de aguas, la protección del suelo contra la erosión, la regulación del clima local y la purificación del aire, la protección contra las tormentas al actuar como barreras rompevientos, el secuestro de carbono y la provisión de hábitat) parece haber sido el más afectado por la deforestación. Le siguen en magnitud de intervención la región de las Yungas, el bosque Chaqueño, el Espinal.
Sin duda, el debate alrededor de la expansión de la soja y la deforestación de los bosques nativos va a proseguir en los próximos años. Es parte del mito popular (sin datos empíricos que lo sustenten) señalar a la soja como responsable principal de la pérdida de bosques nativos. Esto ocurre efectivamente en alguna región forestal del país, pero no en todas. Son las actividades humanas tales como la agricultura, la ganadería, la urbanización, la construcción de rutas, la intrusión de tierras, los emprendimientos inmobiliarios, etc. las que explican efectivamente la alta tasa de deforestación que hoy registra la Argentina. Con sus pro y sus contra, la soja no es una causa sino un instrumento involuntario de deforestación, o sea, uno más de los muchos cultivos que explota el hombre, el cual efectivamente es quien impacta positiva o negativamente sobre la ecología y el ambiente.

* Ernesto Viglizzo es un investigador destacado del INTA y del CONICET. Sus trabajos de investigación se focalizan en el estudio de los sistemas de producción conectando perspectivas agronómicas y ambientales, y sus contribuciones ayudan a entender los costos y los beneficios de las veloces transformaciones que en la actualidad se producen en los agroecosistemas.

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