Editoriales RIA 37.2

Biotecnología, nanotecnología y TIC

La emergencia de algo siempre es fugaz; ni bien emerge se hace plenamente visible, se puede compartir o secuestrar, desarrollar o destruir. En el caso de las tecnologías, lo que hoy irrumpe como novedad, mañana puede ser considerado intrascendente o, por el contrario, puede madurar y adoptarse de tal manera que se consolide como un verdadero cambio tecnológico.
Hay consenso en considerar “emergentes” a las TIC, la biotecnología y la nanotecnología, así como a sus entrecruzamientos. Estas tres grandes familias de tecnologías tienen historias y peculiaridades muy diferentes, aunque comparten una característica: atraviesan al resto de las tecnologías y ciencias conformando un rico y denso entramado en el que se gesta una enorme variedad de interdisciplinas.
A medida que se consolidan y maduran, estas familias generan un movimiento social significativo: se crean organizaciones, sociedades, laboratorios, redes, etc., y se producen eventos (congresos, talleres, jornadas, cumbres) donde se discuten avances, diagnósticos, prospectiva, estándares y negocios.
Las comunidades científica y tecnológica, los funcionarios públicos, el sistema educativo, la industria, el comercio, los servicios y la opinión pública (ya sea favorable o desfavorable) forman y conforman el ecosistema de innovación de cada tecnología y de sus áreas de influencia.
Piénsese en las TIC, que hoy congrega una actividad impresionante en todos los niveles, que atraviesa todas las disciplinas y que modula gran parte de la actividad social. Nadie sabe a ciencia cierta cuál es su límite, pero todos saben que su influencia no deja de crecer y que se ha ganado el estatus de “disciplina madura”.
Con la biotecnología, pasa otro tanto: a medida que la familia crece, se incorpora en nuevas áreas, profundiza hasta el nivel molecular y vuelve a los ecosistemas con una mirada ampliada por la metagenómica y la postgenómica. Buscamos nuevos principios bioactivos para alimentarnos mejor, curarnos o prevenirnos de enfermedades; para controlar procesos en el suelo, el agua, la industria de los alimentos o donde sea necesario y posible.
Y con la nanotecnología creemos que puede pasar algo similar, aunque estemos en las primeras fases del ciclo tecnológico. Confiamos en que si incrementamos nuestra capacidad de diseñar y producir materiales con características estructurales y funcionales especiales, podremos acceder a más y mejores soluciones a ciertos problemas en las áreas de salud, alimentación, energía y construcción.
La planificación de la investigación científica y tecnológica nos exige estar muy atentos a la evolución de estas tecnologías que llamamos “emergentes”, para entenderlas, controlarlas, integrarlas y, eventualmente, regularlas o, incluso, desaconsejarlas si fuese el caso.
El INTA ha tomado conciencia de lo difícil que resulta estar en la frontera del conocimiento y al mismo tiempo visualizar en el presente y en el futuro las utilidades sociales de los potenciales desarrollos e innovaciones. Ambas necesidades van juntas y son prerrequisito para el asesoramiento idóneo del funcionario político.
Las áreas emergentes son motivo de preocupación permanente en nuestra institución y seguramente una fuente de futuros logros

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La importancia de los suelos en la agricultura

Los cambios en los usos de la tierra a causa de las crecientes necesidades de alimento de la población, la variabilidad climática y la globalización, seguirán extendiéndose mundialmente.
Debido a la demanda de nuevas tierras de cultivo y a que muchos de los problemas que afectan a los sistemas agrícolas tienen una base socio-económica, la agricultura se seguirá desplazando hacia áreas donde pueda obtener mayor rentabilidad.
Sin embargo, la superficie destinada a la producción de cultivos disminuye como resultado de la desertificación, la erosión, la contaminación, el avance de la urbanización, la industrialización y el cambio climático. América Latina y naturalmente Argentina, disponen de tierras cultivables que escasean en otros lugares del mundo, pero enfrentamos problemas comunes para el monitoreo a diferentes escalas.
Los suelos no actúan como un simple soporte de los cultivos, son, a la vez que el mayor reservorio de biodiversidad, muy frágiles y en muchos casos con poca resiliencia una vez traspasados los umbrales biológicos y estructurales. Argentina no está ajena a la disminución de la materia orgánica del suelo en las áreas agrícolas y de nutrientes esenciales como el fósforo, además de la erosión de varios tipos y la salinización.
La información sobre los suelos en regiones templadas es esencial pero, actualmente, disponemos de bases de datos fragmentadas con concepciones que disocian el suelo de la gestión productivo-ambiental, con escasez de modelos predictivos a diferentes escalas de resolución, conocimiento del impacto del cambio climático (por ej., sobre las reservas de carbono orgánico) y percepción de su importancia en las agendas de los decisores.
Ante la demanda de aumento de la producción y la productividad, hoy emergen con fuerza enormes desafíos ligados a la equidad, la sustentabilidad, la seguridad alimentaria, la provisión de servicios, y también la interacción con los recursos hídricos, el clima, el balance de nutrientes, la fijación de carbono, etc.
El INTA dispone de equipos y de una trayectoria importante en el estudio de las Ciencias del Suelo. Recientemente han surgido temáticas de abordaje prioritario que están siendo analizadas de cara a la redacción de su próximo Plan de Mediano Plazo 2012-2015, tal como el relevamiento y la cartografía de suelos, el balance de carbono y nutrientes, la medición de gases de efecto invernadero, la física del suelo, la relación suelo-agua-planta y la economía del agua, entre otras.
A la par de resolver estas prioridades y tratarlas organizados en red con las distintas regiones; de formar excelentes recursos humanos en las distintas temáticas; de intervenir en los territorios con tecnologías amigables, y de consolidar la red de laboratorios de suelos, deberemos pensar y actuar también en la recuperación suelos hoy no aptos para la agricultura. Este es claramente, un mandato institucional y una tarea que excede a un sólo organismo o institución y nos compromete a todos indefectiblemente.
El 7 de julio se celebra el Día de la Conservación del Suelo en honor al Dr. Hugh Hammond Bennett, eminente científico estadounidense, fallecido el 7 de julio de 1960 y recordado en el mundo entero como “padre de la conservación del suelo”. En Argentina, ese día se instituyó oficialmente en el año 1963.

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